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Los accidentes cerebrovasculares son la segunda causa de muerte en todo el mundo y afecta a unos 16 millones de personas. Así lo recoge un artículo de investigación que ha analizado cómo vivir en diferentes altitudes puede interferir en la mortalidad por este tipo de percances cerebrales, llegando a la conclusión de que vivir en altitudes elevadas reduce el riesgo de ictus y de muerte por esta causa.

El estudio, que se ha publicado en la revista Frontiers in Physiology, ha analizado las tasas de hospitalización y muerte asociadas a los accidentes cerebrovasculares en Ecuador entre 2001 y 2017 y se puso en relación con cuatro alturas diferentes de sus residencias habituales: baja altitud (menos de mil 500 m), altitud moderada (entre  mil 500 y dos mil 500 m), alta altitud (entre  dos mil 500 y tres mil 500 m) y muy alta altitud (entre tres mil 500 y  cinco mil 500 m).

Los resultados mostraron unos datos de 38 mil 201 muertes y 75 mil 893 ingresos relacionados con accidentes cerebrovasculares. Y después de tener en cuenta otros factores observaron que aquellos que vivían a mayor altitud, es decir, por encima de los  dos mil 500 metros, tendían a padecer un accidente cerebrovascular a edades más tardías, en comparación con los de altitudes inferiores.

Además, los que vivían en alto también presentaban menos riesgo de ser ingresados o de morir como consecuencia de un accidente cerebrovascular, un poder protector que era más elevado cuando se habitaba en lugares entre los  dos mil  y  tres mil 500 metros por encima del nivel del mar, y se reducía un poco al sobrepasar los  tres mil 500 m.

Menos oxígeno

Los motivos que dan los investigadores sobre esta asociación es que podría deberse a que en las alturas hay menos cantidad de oxígeno, por lo que las personas que viven allí se han adaptado, creando de manera fácil nuevos vasos sanguíneos para superar los daños causados por el accidente cerebrovascular.

Otra posible explicación es que estas personas cuenten con una red vascular cerebral más desarrollada que les permite aprovechar al máximo el oxígeno inhalado, protegiendo de sufrir un ictus.

“Más de 160 millones de personas viven por encima de los 2.500 metros y hay muy poca información sobre las diferencias epidemiológicas en términos de ictus en altitud. Queríamos aportar nuevos conocimientos en esta población que a menudo se considera igual a la población que vive al nivel del mar, y desde un punto de vista fisiológico somos muy diferentes”, explica Esteban Ortiz-Prado, autor principal del estudio.

A pesar de estos resultados, todavía se debe realizar más estudios sobre el tema para identificar los diferentes mecanismos que se encuentran detrás de este fenómeno. Aun así, los hallazgos suponen una buena noticia para aquellos que viven en las nubes –o al menos cerca de ellas–.

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