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El miedo pudiera estar asociado al apego, por eso las personas más peligrosas son aquellas que no tienen miedo ni, tan siquiera, a perder su vida. Detrás de actitudes agresivas innecesarias se encuentra el temor. Si no, pensemos en cuánto se desgastan los perros pequeños ladrando ante una posible amenaza.

La primera fase consiste en preguntarnos qué nos gustaría conseguir. Cuáles son nuestros sueños. Por ejemplo, tener más amigos o ser más amable con uno mismo ante un error. Podemos inspirarnos en algún ejercicio sencillo en el que recorramos distintas perspectivas, como la rueda de la vida.

Segundo, ¿cuáles son los viejos hábitos que nos impiden conseguirlo? Aquí surge la primera brecha interesante entre nuestro deseo y lo que realmente estamos haciendo. Queremos ser más sociables o mejorar en nuestro diálogo interior, pero nos encerramos en casa o nos machacamos a la primera de cambio. Cuando aparece una brecha de estas características es cuando debemos ahondar en las siguientes fases.

Tercera etapa: ¿qué ventajas me aporta seguir repitiendo lo que hago aunque no me convenga? O, dicho de otro modo, ¿cuál es mi agenda oculta?. Al igual que nuestro sistema inmunitario nos defiende de las amenazas, el psicológico nos protege de emociones incómodas como la vergüenza, el fracaso o la culpa. Si nos apoyamos en los ejemplos anteriores, podría ser evitar el miedo al rechazo y, por eso, me quedo en casa. O la creencia de que, si me relajo ante los errores, puedo dejar de ser responsable. Cada persona tiene un miedo o una creencia loca sobre la que debe indagar para desprenderse de ella.

La siguiente fase consiste en desmontar las creencias locas o los miedos (que no dejan de ser también creencias). ¿En qué supuestos se apoya mi agenda oculta? En los ejemplos que hemos utilizado pueden ser “las personas me rechazan si ven que quiero ser parte del grupo”; “si no soy exigente conmigo mismo me puedo convertir en un vago” o “si me muestro vulnerable, las personas dejarán de confiar en mí”. Una vez más, cada uno tiene su propio discurso.

Por último, en la quinta fase, necesitamos desmontar los supuestos anteriores. Para ello podemos desgranar cada una de las etapas anteriores con preguntas poderosas como, por ejemplo: ¿todas las personas me rechazan? ¿Cuándo me ha sucedido? ¿Cuándo no me ha ocurrido? ¿Qué puedo hacer para remediarlo? Por suerte, tenemos la posibilidad de utilizar el pensamiento crítico sobre nuestras propias creencias para desmontar miedos y desbloquear los frenos que nos impiden conseguir nuestros objetivos.

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