Wilfredo Cure

¿Quién no puso la casa patas arriba buscando unas llaves, un libro o cualquier otro objeto que parece que se ha tragado la tierra?

Los seres humanos disponemos de un don innato para el olvido.

Sin embargo, paradójicamente, a veces nos resulta imposible borrar de nuestro recuerdo experiencias realmente ingratas, vivencias de las que resulta complicado desprenderse.

La respuesta a todo ello la encontramos en nuestro sistema de memoria, que evolucionó con nuestra especie para favorecer la supervivencia incluso en los contextos más desafiantes.

Distintas memorias, distintos olvidos

Vayamos por partes. Lo primero que debemos saber es que lo que llamamos memoria depende de varios sistemas diferentes con distintas características.

Si bien solemos asociar la memoria con el recuerdo de los eventos autobiográficos, hace varias décadas que se han descrito diferentes sistemas que dan cuenta de todos nuestros aprendizajes, desde andar, escribir o hablar, hasta conducir, montar en bici, dibujar o aprender una canción.

Posiblemente, la clasificación más admitida en la actualidad sea la presentada a finales del siglo pasado por el científico norteamericano Larry Squire.

Esta memoria depende de la integridad del lóbulo temporal medial y se encargaría, entre otros aspectos, de procesar los recuerdos de tipo autobiográfico y el conocimiento que adquirimos del mundo a lo largo de nuestra vida.

Según Squire también tenemos una memoria no declarativa, responsable del aprendizaje de habilidades motoras, que se adquieren con la experiencia y se demuestran con la práctica, como montar en bicicleta.

Esta misma memoria se ocupa de almacenar estructuras aprendidas y automatizadas, como el orden de las palabras dentro de una oración.

Desde el punto de vista anatómico, esta forma específica de memoria dependería de estructuras subcorticales, entre ellas los ganglios basales, encargados de automatizar muchos de los programas motores necesarios para su puesta en marcha.

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