Agencia

Uno de los frescos más famosos del mundo, La última cena,de Leonardo da Vinci, salió del encierro impuesto por el COVID-19, el pasado martes, 9 de febrero, y los amantes del arte ya pueden admirarla en el convento de los dominicos en Milán.

Lejos de las aglomeraciones turísticas habituales, numerosos residentes de la capital de Lombardía han aprovechado la ocasión para reservar entrada al convento de Santa Maria delle Grazie, donde se encuentra la pintura mural ejecutada entre 1495 y 1498.

"Para mí esto es un renacimiento, vuelvo a vivir. Después de esta terrible pandemia, puedo escapar, aliviar el alma, volver a sentir emociones", asegura Alessandra Fabbri, de 37 años, quien trabaja en publicidad digital.

Residente en Milán, pero originaria de Urbino, el lugar de nacimiento de Rafael en el centro de la península, otro maestro de la pintura, reconoce los fuertes vínculos entre esos grandes artistas del Renacimiento.

Después de la medición obligatoria de la temperatura, pequeños grupos de 12 personas pueden ingresar en silencio y por quince minutos al célebre refectorio, donde se encuentra una de las obras pictóricas más bellas del mundo.

El célebre mural representa la cena en la que Jesús anuncia que uno de sus doce discípulos le traicionará.

"Es la obra de arte más hermosa que he visto en mi vida, una mezcla de arte y espiritualidad, es mágica", sostiene extasiada Anna Oganisyan, de 50 años, pianista francesa que vive en Milán.

Acompañada por su hija Anne-Charlotte, Oganisyan logró conseguir a último minuto las entradas, lo que sería imposible antes de la pandemia, ya que había que reservar con al menos tres meses de anticipación.

Meta imprescindible para el 60-70% de los turistas que llegaban del extranjero antes de la pandemia, entre ellos estadounidenses, chinos y coreanos, la obra del genio del Renacimiento, quien destacó en múltiples disciplinas, está a disposición ahora para los milaneses.

Comparte esta noticia